¿Qué tienen que ver Heath Ledger con la confesión y petición de perdón de Sturla Holm? Te cuento. El esquiador noruego gana una medalla olímpica y en ese momento de alegría, de subidón por un logro profesional de gran repercusión, utiliza el foco de atención del mundo entero para pedir perdón: «Hace seis meses conocí al amor de mi vida: la persona más hermosa y amable del mundo. Hace tres meses cometí mi mayor error y la engañé

Y de pronto terminamos comentando sobre la vida privada de esta persona, que ha decidido usar la plataforma que tenía a su alcance para conseguir su propósito, pero también comentamos indirectamente sobre la vida de una persona que no sólo ha sido traicionada en el momento de la infidelidad o en las mentiras o silencios posteriores hasta la confesión de Holm, sino traicionada en directo, ante el mundo, al revelar algo que quizá ella hubiera querido manejar o pasar en intimidad.

La infidelidad es una traición de las muchas que existen en las relaciones y sus pactos o contornos. Traicionamos cuando mentimos, cuando le hacemos creer a la otra persona que nuestra percepción de la realidad es la buena e invalidamos la suya, cuando desatendemos emocionalmente a la otra persona y no estamos ahí para ella (aunque tengamos nuestros motivos). Traicionamos cuando no defendemos ante las acusaciones injustas de otros a la persona que queremos, cuando dejamos que se hable mal de ella, aunque no nos sumemos activamente. Traicionamos cuando elegimos nuestra comodidad, tranquilidad, bienestar por encima de un daño a la otra persona. Cuanto más tiempo pasamos en esa relación más propbable es que surjan situaciones en las que queriendo o no, con intención o no, terminamos traicionando. Y ahí entramos a valorar otros factores, si el resto de lo que tenemos en esa relación es bueno, sano, fuerte, como para sostener esa traición. Si el tropiezo puede remontarse porque es sólo eso, un tropiezo, o se trata de una manera de estar en el mundo, de relacionarse, desde la traición, o desde el egoísmo, o lo que sea.

No lo hago con mis pacientes y tampoco lo haré aquí, juzgar de si la traición es digna de ser perdonada, si ella debe dejarle o no. Sin embargo he querido traer esta historia aquí, un espacio más amplio aunque no lo suficiente, para reflexionarlo con un poco más de profundidad, no por la infidelidad sino por la petición de perdón. Yo deseo ser perdonado (para liberarme del sentimiento negativo, quizá la culpa) pero no sólo perdonado sino retomar la relación. Porque recordemos que puedes perdonar a alguien, entenderle aunque no compartas o condones lo que ha hecho, y a pesar de ello no querer proseguir con el vínculo. En este caso él quiere que ella vuelva. Y en ese deseo suyo no mide el impacto de sus acciones en la otra persona. ¿Cómo se sentirá al hacerlo público? La prensa averiguará quién es, la buscarán, familiares, amigos pero también conocidos, vecinos, y desconocidos, tendrán conocimiento de algo que probablemente ella hubiera querido llevar si no en secreto sí en intimidad. Él se coloca en la picota, carga con la culpa, sí, pero lo hace voluntariamente y ella, colateralmente, acaba en el centro de atención sin haberlo elegido, y en un momento de vulnerabilidad.

Y esto me lleva a pensar en todas las actuaciones que veo a menudo en sesiones de pareja o en sesiones individuales relacionadas con el amor: que con frecuencia los gestos públicos buscan condicionar a la otra persona, incluso manipularla, al usar la presión externa. Me explico. Cuando esa persona que estás conociendo te envía flores al trabajo o te las lleva, ¿quiere tener un detalle? por supuesto. Habiendo otros momentos para darte las flores, ¿por qué escoger el lugar de trabajo? ¿Para marcar territorio con posible «competencia»? ¿Para que el resto de compañeros/as piensen qué detallista, qué agradable, cuánta atención y en un momento futuro de duda o mal rollo se posicionen o sean favorables a él/ella?

Otro ejemplo: una pareja discute y uno de ellos llama o escribe, contacta, con la mejor amiga/madre/padre de su pareja para contarle su versión. ¿Busca desahogarse porque tienen buena relación? Probablemente. Y también influir de alguna manera o bien en la percepción que tiene esa persona o para que hable en su favor.

Con esto no quiero decir que sólo las cosas que hacemos «sin público», en la intimidad, sean las reales y el resto sean falsas o tengan doble intención. Sólo quiero poner el foco en cómo lo que hacemos ante los demás tiene un componente de presión hacia  la otra persona. Quien te ama bonito sabe que hay que cuidar y proteger aunque eso signifique salir uno perjudicado. Si sólo tú amas bonito, claro, no es sostenible. En este caso, por conseguir volver, el esquiador olímpico ni ha cuidado ni protegido, ha expuesto a una persona en un momento doloroso para ella. No podemos poner por delante nuestra necesidad.  Los grandes gestos no sirven para reparar el daño cuando al hacer ese gesto estás inclumpliendo lo que la otra persona te ha pedido. Y aquí pongo otro ejemplo más que no tiene que ver con Holm (o sí): te pide contacto cero o te pide un tiempo y tú vas a su casa, a su trabajo, a lugares de ocio donde sabes que la encontrarás. No estás respetando. Y no respetas porque tu dolor está por encima del de la otra persona. Estás mostrando amor, pero un amor egoísta.

Las películas nos han hecho ver como románticos estos grandes gestos, nos han enseñado a estropearlo todo y tratar de arreglarlo a la fuerza, quiera o no quiera la otra persona. EL cine muchas veces nos ha hecho creer que luchar por una relación es esto. Recuerdo a Heath Ledger en las gradas del instituto con micrófono huyendo del guarda de seguridad cantándole a Julia Styles el Can’t take my eyes off of you. Recuerdo a John Cusack bajo la lluvia con un radio cassette pidiendo perdón. A Richard Gere llegando en limusina y subiendo por la escalera de incendios con una rosa en la boca ante Julia Roberts sonriente. Y a tantos otros hombres en la pantalla, a menudo egoístas, a veces sólo torpes, todos cometemos errores, salvando la situación a base de ser insistentes, de no respetar la decisión de la otra persona, de montar un show en el que el público desea que la chica le de otra oportunidad. Hemos visto esa peli muchas veces y la cuestión es que cuando la vivimos en la vida real no es tan épico ese final. Con frecuencia es violento, da miedo, o incomoda y presiona.

Creo que al final el esquiador noruego pensó en algo, que en su cabeza sonaba mejor, que tantas veces habrá visto en el cine como útil. Ojalá ambos puedan pasar su duelo en intimidad.

Y si tú también has visto demasiadas películas o crees que podemos acompañarte en alguno de estos escenarios, puedes escribirnos o llamarnos:

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